TEJIENDO SUEÑOS, EMPRENDEDORAS DE TEJIDO THAÑÍ, EL ARTE DEL MONTE

TEJIENDO SUEÑOS, EMPRENDEDORAS DE TEJIDO THAÑÍ, EL ARTE DEL MONTE

El arte, y el trabajo afloran en las obras tejidas de las mujeres Wichis. Como lo muestra la experiencia de Thañí (Viene del monte), la marca colectiva con la que mujeres indígenas del Chaco salteño difunden y comercializan sus producciones a partir de la fibra del chaguar, sus textiles, obras «totalmente artesanales», dado que «usan su propio cuerpo para hilar».

La iniciativa comenzó en 2015, cuando se abrió la oficina del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en Santa Victoria Este. Entonces se hicieron relevamientos para saber cuáles eran las demandas hacia la institución y hacia el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación  y «apareció muy fuerte no solo la demanda de las mujeres, sino de los caciques también, de que se trabaje para apoyar los distintos tejidos que hacen las mujeres».

A partir de ese relevamiento, las profesionales técnicas en la materia visitaron algunas comunidades, hablaron con las mujeres y, aprovechando el trabajo realizado por la Nación con el Ministerio de Ambiente, que dio un marco para gestionar fondos para hacer capacitaciones.

Empezaron trabajando con mujeres de las comunidades que estaban en proceso de formulación de los planes integrales de manejo comunitario.

Estas capacitaciones comenzaron en julio de 2017 en La Puntana, en el límite con Bolivia; en la Comunidad El Cruce, cercana a Santa Victoria Este, y en Alto La Sierra, en el límite con Formosa. Se hizo una vinculación con la Universidad Nacional de Tucumán y la organización de Mujeres Indígenas ARETEDE, de Tartagal, y el Programa Artesanado Argentino.

Los cursos fueron el espacio para hablar con las mujeres sobre sus artesanías y para pensar el trabajo que hacían y hacen, que «es la única posibilidad que tienen de ganar dinero por fuera de los subsidios». “Entonces ellas nos contaban que estaban cambiando los tejidos por comida, una yica (bolsa) por un paquete de harina, por un paquete de arroz, y que muy ocasionalmente llegaba un comprador y solía ser el que ponía el precio. Hasta ese momento nunca habían salido las mujeres a ofrecer su trabajo.

En algunos casos habían salido a veces los caciques a vender a Salta o a Tartagal. Entonces las técnicas propusieron armar, ponerle un nombre al grupo (al que después se sumaron más mujeres), hacer una etiqueta que tenga ese nombre y que tenga la información de dónde venía ese trabajo, qué mujer lo había hecho y de qué comunidad era».

Así surgió Thañí, con la idea de que sea una marca que puedan usar artesanas de distintas comunidades del municipio Santa Victoria Este.

Con esa etiqueta salieron a ferias, primero en Tartagal, después en la ciudad de Salta; llegaron a Santiago del Estero, a Buenos aires, y se fue consolidando la marca colectiva que se utiliza para vender los trabajos y que hoy representa a más cien mujeres de distintas comunidades, la mayoría son wichí, hay unas poquitas tapiete y chorotes, y pertenecientes a la comunidad Kom, de La Nueva Curvita, donde comenzaron a trabajar recientemente.

Lo que lograron fue la organización de los grupos, porque hoy en día son cuatro grupos distintos, pero todos son Thañí, en donde ellas puedan experimentar cosas, a partir de los saberes que tienen heredados; también, darle un espacio a su creatividad, a sus propias innovaciones, ellas generan los espacios para que las participantes experimenten y luego se le da difusión en las redes, en ferias para que puedan vender esas ideas, esas propuestas, al precio que ellas deciden. Mostrándolos es como consiguen que se hagan encargos y también que se las tenga en cuenta como grupo de mujeres organizadas para invitarlas.

Cuando empezaron los encuentros se llamaban «talleres de innovación en artesanías textiles» con el eje de la capacitación puesto que las mujeres pudieran crear productos distintos con valor agregado, pero la más importante innovación es que ellas puedan crear de manera asociativa, porque antes cada mujer hacía sus obras y veía como se vendían. En cambio, ahora son grupos, y en cada feria van algunas mujeres pero llevan el trabajo de todo el grupo. Eso es lo transformador en realidad.

Además, con el andar se formó una red de compradoras, principalmente mujeres, que a su vez revenden los trabajos, pero respetan el precio que ponen las mujeres de Thañí. Las integrantes de esta red trabajan en fundaciones o tienen sus propios emprendimientos.

En las reuniones es importante la reflexión sobre lo que sabemos hacer y cuánto vale lo que hacemos., porque ese saber fue importante para lograr esta creación. Se habla también de entender que el valor no significa poner un precio. Porque en realidad las producciones no tienen precio.

A las mujeres trabajadoras les interesa el valor cultural de esas producciones más que transformarlas en mercancía. Y hacia eso van. No es cualquier tejido, no es cualquier bolso o cartera, sino que son objetos muy valiosos culturalmente y simbólicamente, son textos también, tienen un significado cada uno de los diseños, y esos diseños siempre están hablando del monte. Del monte de hoy. Porque en el monte de hoy también hay televisores, hay celulares, hay lavarropas, pero sigue siendo el monte, y sigue siendo vivir con el monte y sigue siendo vivir con memoria, sostener la memoria de los pueblos originarios.

Las mujeres consideran que la iniciativa “es importante porque es un ingreso más para mi familia” y hace bien, y porque «es un símbolo de nuestros ancestros”, porque «representa nuestra identidad”, porque permite trabajar en grupo,» es progresar en grupo por la familia”; permite aprender, “juntarse con las otras mujeres y poder tener un trabajo”. Y porque “el monte (thañí) da todo, permite vender la artesanía y es lo más importante, permite vivir y mantener nuestra historia”.

Su historia rica de significación y permanencia en el territorio.

Algunos testimonios de las mismas tejedoras son esclarecedoras en cuanto al trabajo que realizan.

“Somos mujeres wichís de las comunidades del municipio de Santa Victoria Este. Realizamos tejidos con piola de chaguar que hilamos de forma artesanal y teñimos con tintes naturales. El chaguar es una fibra natural silvestre, que buscamos en el monte, muy cerca del río Pilcomayo”

“Desde hace mucho tiempo realizamos tejidos para redes de pesca y para yicas que usamos para ir cazar y recolectar en el monte. Los diseños geométricos que realizamos son abstracciones de fragmentos de animales del monte, o de la vegetación que nos rodea. En este tiempo estamos experimentando nuevos diseños, haciendo convivir nuestros tejidos ancestrales con nuevos materiales y confecciones”.

El chaguar se encuentra en todo el Chaco semiárido y el uso de sus fibras por parte del Pueblo Wichí viene desde tiempos inmemoriales. Pero no se usa cualquier chaguar. “(La fibra) es de una planta madre. Se la selecciona, no tiene que ser ni con bichos ni con nada, porque eso corta la fibra y es defectuosa”. Por eso “hay que ir buscando. No queda a 2 kilómetros, sino a más de 50 kilómetros de la comunidad”

Los chaguares “crecen en el monte y hay que meterse” adentro para encontrarlo. Ahora las buscadoras van en moto, aunque sea hasta las proximidades, para después seguir a pie. A veces “van caminando, salen a las 6 de la mañana para ir con las mujeres que conocen las plantas que pueden servir”. Se sacan las hojas del chaguar, luego “se van sacando las espinas, después se las va machucando y se las seca después y ahí se obtienen las fibras y después los hilos”.

Para obtener el hilo las mujeres unen dos o tres fibras delgadas y las tuercen sobre sus piernas. El teñido obliga a otra excursión. “Se tiene que ir al monte lejos para buscar los tintes naturales. Ir conociendo, guayacán, un montón de plantas, de ahí se saca el naranjado, el negro. A veces se usa la corteza, a veces las raíces, las hojas. Depende de qué color queres sacar. Por ejemplo, el color negro se lo saca de la resina del algarrobo”, con semillas del guayacán. “Mezclándolo también se saca un negro intenso. Y hay otras plantas que de las raíces se saca un color rojo, y así. El naranjado lo mismo, pero tenes que conocer bien las plantas. Y eso lo fueron enseñando las abuelas, todo”.

Luego viene el tejido. “Depende de lo que te pidan”, serán obras en telar o yicas (bolsos de mano, que tienen un punto específico con una aguja, el punto yica). Se usarán distintos puntos, los más nuevos y también el punto antiguo que conservaron las abuelas y ahora están usando de nuevo. Habrá quien haga prendas con crochet, un “invento” “más rápido”. Aun con esta incorporación, “lleva más o menos dos semanas para hacer una prenda”

El tejido tiene una importancia capital en la cosmogonía wichí y de otros pueblos originarios. En la práctica ancestral, con la primera menstruación cada niña aprendía a tejer.

Este territorio de clima hostil está surcado por dos grandes ríos de llanura, el Bermejo y el Pilcomayo. Ambos nacen en Bolivia y se nutren de las grandes lluvias estivales, que a veces los hacen rebasar. Cada año se repite el ciclo: hay inundaciones en los veranos y sequía en los inviernos. En este contexto las tejedoras realizan su arte, rescatando saberes, usos y prácticas de sus ancestros, y tratando de incorporar conocimientos nuevos para vender sus creaciones.

Frase que enmarca su presentación en medio virtual y da una idea completa del enraizamiento de su cultura.

“Cada una de nuestras piezas es única, irrepetible, hechas a mano, bajo la sombra de los árboles, cerca del fuego con el que cocinamos. Cada figura geométrica que representamos tiene un significado, un mensaje ancestral, lleva en ella historias de nuestra cultura”

 

Exodica

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